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Desde
finales del siglo XIX, la Iglesia sigue de cerca la evolución
de la “cuestión social” (*), manifestando
su pensamiento y elaborándolo progresivamente de
forma sistemática, a partir de la encíclica
Rerum Novarum de León XIII (1891); y lo hace no
para imponer una determinada concepción del hombre
y la sociedad, sino por responsabilidad hacia el hombre
real, histórico y concreto, hacia cada hombre.
Bajo esta perspectiva se ocupa de los derechos humanos
de cada uno y, en particular, del proletariado, de los
trabajadores en general, de la familia y la educación,
los deberes del Estado, el ordenamiento de la sociedad
nacional e internacional, la vida económica, la
cultura, la guerra y la paz, así como del respeto
a la vida desde el momento de la concepción hasta
la muerte (Cf. Centesimus Annus 54).
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El objeto inicial de esta enseñanza social de la
Iglesia fue la “cuestión social”, es
decir, el conjunto de problemas socio-económicos
surgidos en determinadas áreas del mundo europeo
y americano como consecuencia de la “revolución
industrial”. Hoy la “cuestión social”
tiene una dimensión mundial y abarca no sólo
los aspectos económicos y sociales, sino también
los políticos, culturales, ambientales y antropológicos
en general, incluso los aspectos religiosos como derechos
humanos fundamentales de toda persona.
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